martes, 16 de junio de 2015

Bains des Pâquis


Foto: Steve Bollman


Aquí al sol tan avaro
de esta tarde esquiva
de febrero
nos encontramos
tú y yo y todos
los que salís
de bajo un flexo
de tras una pantalla
los que llegáis
en trajes arrugados de faena
los que no habéis madrugado
los que afanasteis
unas horas de más
a la noche, y yo
y tú el extraño
que somos un poco
nadie y todos vosotros

el mundo se detiene
nos da una tregua
a ti y a mí y a todos nosotros
los que hemos saltado
por un momento
del tiempo en marcha
para contemplar
el lago convertido
en escultura
y a su orilla la ciudad
inútil y hermosa
al deshacerse el día
como una catedral en el desierto
las hojas que miran absortas
a sus ramas
las nubes taladas inmóviles
en el azul alpino

y tras todo quieto
como tal vez fue
ese instante
en que lo creado
aún no tenía función
el lago se retuerce
en sus anillos
la montaña desprende su bruma
valle abajo
las nubes galopan
con viento de popa
las hojas de nuevo parpadean
y todo lo que estuvo
en paz y detenido
como tu mente y la mía

en ese azogue de eternidad
restalla.

martes, 24 de febrero de 2015

Peito vazio

La primera vez que las escuché, hace veinte años, las bailé pero no las entendí. Al placer de escucharlas y bailarlas se une ahora que por fin sé de qué hablan.
 
Esquece o nosso amor, vê se esquece. Porque tudo no mundo acontece. ¿Se puede decir con un ritmo o unas palabras más sencillas, con tan poquita voz, en poco más de un minuto? No; Cartola, como los viejos soneros (¿cómo no recordar Veinte años escuchando Acontece?), es sencillamente insuperable. Y como la mayoría de ellos, murió pobre como rata.

El maestro:

Preciso me encontrar:


 
 
Corra e olhe o céu:
 
 
Peito vazio:


Acontece:



Esquece o nosso amor, vê se esquece.
Porque tudo no mundo acontece
E acontece que eu já não sei mais amar.
Vai chorar, vai sofrer, e você não merece,
Mas isso acontece.
Acontece que o meu coração ficou frio
E o nosso ninho de amor está vazio.
Se eu ainda pudesse fingir que te amo,
Ah, se eu pudesse
Mas não quero, não devo fazê-lo,
Isso não acontece.

sábado, 17 de enero de 2015

Mis hijos me han vencido

Foto: Bernard Faucon
15 de enero

T. me pide dos referencias francesas para sus líos. No me quiero implicar en ellos pero treinta años de amistad pesan, me pesa su generosidad casi nunca correspondida.
 
Le sugiero las primeras fotografías de Bernard Faucon, antes de que se dedicase a esos ejercicios inquietantes con los maniquíes niños.
 
Y un poema de Bonnefoy (aquí, en el original). Se han empeñado los traductores en buscarle tres pies al gato, cuando la traducción casi exactamente literal se deja leer (espero) con placer y no oscurece ningún sentido: 

Nombraré desierto al castillo que fuiste
noche a esta voz, ausencia a tu rostro,
y cuando caigas sobre la tierra estéril
nombraré al relámpago que te arrebató la nada.
Morir es un país que amabas. Llego
eternamente por tus sombríos caminos.
Destruyo tu deseo, tu forma, tu memoria,
soy tu enemigo y no tendré piedad.
Te nombraré guerra y me tomaré
contigo las libertades de la guerra y sostendré
entre mis manos tu rostro oscuro y surcado,
y en mi corazón ese país que ilumina la tormenta.

***

11 de enero

Por más vueltas que le doy, no consigo dar con la clave. Sólo a veces, cuando estoy perdiendo la conciencia, o ya en sueños, vislumbro en una yuxtaposición de imágenes y palabras una salida limpia. Pero lo que en el sueño funcionaba con la precisión de un mecano se desvanece en la página. 
 
Sé que el nudo se deshará si y sólo si logro definir estrictamente unas reglas formales. Cuanto más rígida sea la forma, mayor la libertad. Ése es el motivo por el que un soneto o una fuga bien compuestos siempre son infinitamente superiores a la correspondiente forma libre.
 
Mamet lo contaba así, refiriéndose a la dirección de cine: "El propósito de la técnica es dejar libre al subconsciente. Si sigues las reglas concienzudamente, podrás dejar libre tu subconsciente. Esa es la verdadera creatividad. De lo contrario, te verás estorbado por tu mente consciente. Porque la mente consciente siempre está procurando gustar y resultar interesante. La mente consciente tenderá a sugerir lo obvio, el cliché, porque estas cosas ofrecen la garantía de haber gustado en el pasado. Sólo la mente que se ha salido de sí misma para enfrascarse en una tarea es capaz de desarrollar auténtica creatividad".

Hasta que eso ocurra, lo único que mantiene con vida el proyecto es mi fe en él. Entendiendo por fe la conciencia de que lo que está en juego es mi propia alma.

***

8 de enero

A propósito de Charlie Hebdo. Cuenta el Talmud que, después de un acalorado debate en un jeder sin especificar de Babilonia, rabí Eliezer invoca a las fuerzas de la naturaleza para probar la superioridad de su interpretación de la Ley frente a dos colegas. Un algarrobo se arranca de la tierra y va a arraigar cien metros más allá, un arroyo varía su curso, las paredes del jeder comienzan a temblar y amenazan con derrumbarse sobre ellos. Los dos colegas, sin embargo, se muestran impasibles. How could the Eternal do a temporal act? / The Infinite become a finite fact? (Auden).

Acorralado y sin argumentos, rabí Eliezer invoca al propio Dios: "Si tengo razón, que una voz celeste lo confirme". La voz confirma: "El rabino Eliezer lleva razón". Tras un breve desconcierto, rabí Yehoshua se encara: "Este debate no te concierne. La Ley no está en los cielos*. Nos confiaste la Ley, y está escrito que sobre ella se decide por mayoría**. Mantente, pues, al margen de nuestros debates".
 
Lo más asombroso de la enseñanza talmúdica no es la insolencia con que los rabinos piden a Dios que no se inmiscuya en los asuntos humanos, sino la propia reacción de Dios. Al escuchar la respuesta de rabí Yehoshúa, dice el Talmud, Dios se echó a reír y dijo:

"Mis hijos me han vencido".

* Deuteronomio XXX, 12.
** Éxodo XXII, 2.

miércoles, 7 de enero de 2015

Tres canicas, un bolón



 
Yo no había salido hasta entonces del barrio de los Cuatro Caminos, y aun de un perímetro muy singular definido al norte por la calle de Francos Rodríguez, al sur por la calle del General Perón, al oeste por la Glorieta y al este por los baños públicos de Tetuán. Pero cuando la familia dolorosamente se amplió con la llegada de mi hermana, mis padres alquilaron un piso en la que debió ser una de las primeras urbanizaciones para clase media de la ciudad que llevaba el pomposo nombre de Ciudad de los Periodistas.
 
Aquello era otra cosa. Quiero decir otra galaxia, como lo es el Japón o Andrómeda. Allí había maravillas que un niño de mi generación y extracción ni siquiera sabía que existieran. Allí la puerta doble de cristal se abría y cerraba al pisar la cubierta de entrada tantas veces en la tarde como te lo permitieran los nervios del portero. Allí había matas cuidadosamente alineadas en torno a la entrada del garaje (¡garaje!), alimentadas por un sistema de riego por goteo (g-o-t-e-o). Allí vivir en un quinto era vivir, como quien dice, en el rez-de-chaussée, y una de las primeras cosas que nos preguntábamos los niños recién llegados de los barrios del centro era cuál era la altura de nuestra casa, que considerábamos aproximadamente indicativa del estatus social de los nuestros.
 
En realidad, los últimos pisos eran los más baratos, lo que se comprende a la vista de la frecuencia con que los Boetticher y Navarro se obstinaban en detenerse indefinidamente a mitad de trayecto, cuando no en arder en llamas, y mis padres alquilaron uno en la planta 17ª y última desde donde se podía ver toda la chabolería vertical del barrio del Pilar extendiéndose hacia la Dehesa de la Villa. Años después, un Urtain alcoholizado y en bancarrota se tiró por una ventana del mismo edificio, aunque algo más cerca del suelo. Sus finanzas, con hallarse en la ruina, estaban exactamente siete plantas más saneadas que las de mis padres.
 
En aquella docena de manzanas no había cerilleras, carboneros, repartidores de leche a domicilio ni afiladores. Los camiones de la basura pasarían, sí, pero no nos despertaban de madrugada como lo hacían los que atravesaban las estrechas calles del barrio con estruendo de frenos y engranajes y regalando a su paso los hedores acumulados en la tolva. Los barrios de los gitanos y los chamarileros quedaban cerca, pero no resultaban de tránsito obligado. Tampoco había quebradas ni descampados (a excepción de la gran vaguada que se convertiría luego en centro comercial), sino un pavimento gris uniforme que no dejaba crecer una mala yerba ni trazar pistas para las chapas ni excavar un gua. Ni sacos terreros ni bocas de riego con los que improvisar la portería.
 
Y sin embargo,los juegos que practicaba con los nuevos conocidos se regían por el mismo código de honor cuatrocaminero, un código en el que determinadas fórmulas, “te la llevas”, “por mí y por todos mis compañeros”, “campo libre, pista libre”, y reglas, “no vale en los soportales y las piedras no son refugio”, “tres canicas, un bolón”, “de portería a portería guarrería y no es gol”, si expresadas con el dedo corazón cruzado sobre el índice, con una palmada a la altura del corazón o con el ademán de besarse los cinco dedos en ovillo de la mano, sellaban la verdad. Ningún adulto, revenido y escarmentado ya de tanto revés, y sabedor de que no nos podemos fiar de nosotros mismos, cuanto menos de los demás, atribuiría semejante poder mágico a las palabras. Menos si más se adornan.
 
Cambié de domicilio cuatro años más tarde, y no regresé al barrio del Pilar sino veinte años después para visitar a la madre de un amigo que había muerto en circunstancias que nadie quería comentar.
 
Se nos ha hecho tarde y me ofrece la cama del amigo. Ya sola en el cuarto venzo mi aprensión y abro la novela. Es una novela talismán. La conservo en varios idiomas y en varias ediciones, buenas, malas y peores, compradas apresuradamente en cualquier ciudad cuando intuía que la noche no auguraba nada bueno. La abro y empieza a desprender su bálsamo. Estoy en el cementerio judío de la ciudad, el invierno es frío y lluvioso al borde del delta del Po, regreso a la casona, al jardín convertido en selva por la desidia de sus propietarios, a la pista de tenis con su malla agujereada y caída, paseo por el patio del Palazzo dei Diamanti y al atardecer entre las luces ocres de las fachadas del corso Ercole I. Ya sosegada me levanto a mirar por la ventana y veo a lo lejos, en el collado por encima de La Vaguada, la vieja urbanización bandera con sus toldos azules, sus pisos altos malamente construidos y sus alardes de modernidad que el tiempo ha ridiculizado, y escucho al Pipo gritar: “¡Campo libre! ¡Pista libre!”.

lunes, 15 de diciembre de 2014

(3) Llave maestra



(Cont. (2) Ocho días de diciembre)

Para los “soldados desconocidos del Imán Zaman”, es decir, para los agentes del Ministerio de Inteligencia y Seguridad, era evidente que Emadeddin Baghi y Akbar Ganji tenían algo más que una hipótesis sobre quién manejaba los hilos y unos nombres de fantasía. Pero Irán no es Kuwait, y ha logrado mantener contra vientos y mareas de distinto signo una capa de la población que se resiste al adoctrinamiento más descarnado. Desaparecerlos sin más, con los reportajes aún en boca de los persas, no hubiera sido conveniente.
 
Existía otra fórmula que había funcionado bien en otros tiempos y otras latitudes: condenar los asesinatos, reconocer que la rabia se había propagado dentro del rebaño y designar al perro que habría que sacrificar. Como cabía esperar, el perro era un agente de la CIA y por demás judío. Para representar el papel de Beria se nombró al segundo del Ministerio, Saed Emami. Que también interpretó a la perfección el segundo acto de la obra suicidándose mediante el poético procedimiento de beberse a morro una botella de vajebi, un brebaje depilatorio. Un gran embuste tiene más posibilidades de prosperar cuando lo ribeteamos con un adorno tan poco plausible que nos haga recelar que sea verdad.
 
Scherezade había elegido bien a Emami. Entre los círculos opositores era conocida su preferencia por liquidar a los opositores insertándoles supositorios de potasio por el ano. Sin embargo, ató mal uno de los cabos: el suicidio de Emami se anunció en junio de 1999, con un retraso de seis meses. Los dos periodistas volvieron a las andadas. Año y medio después, Ganji puso nombre y apellido a Llave maestra: Ali Fallahian. Nuestro Malenkov en el drama.
 
Los acontecimientos volvieron a precipitarse. Ganji y Baghi desaparecieron durante unos años en la cárcel de Evin. Saed Hajarian, el editor del Sobh Emrouz que había dado el visto bueno a la publicación de los artículos, recibió un tiro que le atravesó la  mandíbula, se incrustó en su cuello y le dejó parapléjico y mudo de por vida. Y la viuda de Emami confesó, tras algunas jornadas de interrogatorio cuyas imágenes llegaron tras un tortuoso periplo a Londres, que viajaba cada dos meses a Canadá para informar a la CIA y que había hecho todas las maniobras necesarias para convertir Teherán en un campo de minas. No era judía, pero reconocía que mantenía relaciones lésbicas siempre que podía. Que no es lo mismo, pero es igual.
 
Fotogramas del interrogatorio de Fahime Nowgourani,
viuda de Emami  

domingo, 16 de noviembre de 2014

(2) Ocho días de diciembre

Mohammed Mojtari, Mohammad Jafar Pouyandeh, Parvaneh Foruhar, Dariush Foruhar
 
 
Los niños clérigos se hacen adultos, el Sha de Persia siguió cultivando su cáncer en El Cairo, los revolucionarios comenzaron a perseguir shaístas y comunistas con la misma saña que habían puesto en ellos las hienas del Savak, y Alí Jamenei empezó a sentirse demasiado acompañado. En vista de lo cual decidió organizar un torneo de poesía revolucionaria. Para separar el grano de la paja.
 
Cualquiera puede escribir poesía revolucionaria. Basta con mezclar los consabidos sustantivos y adjetivos para obtener un estofado de rancio sabor islámico-revolucionario. Mohammed Mojtari sabía muy bien cómo escribir estrofas revolucionarias, pero declinó la invitación de su antiguo compañero del Círculo Literario Ferdowsi. En cambio, optó con Mohammad Jafar Pouyandeh por convocar a la clandestina Asociación de Escritores Iraníes.

El 3 de diciembre de 1998 Mohammed Mojtari bajó a hacer unas compras a la esquina. A medianoche el adolescente Sohrab Mojtari se inquietó por la tardanza del padre y llamó a su hermano mayor, Siavash. El 4 de diciembre una patrulla de Aminaban encontró un cuerpo en el solar de una fábrica de cemento del extrarradio de Teherán con una libreta, un lápiz y un cinto de cuero al cuello. La tarde del 9 de diciembre Pouyandeh no regresó de una reunión con su editor a su apartamento al norte de Teherán. Su esposa inició una búsqueda enloquecida por los hospitales y comisarías de Teherán. El 10 de diciembre Siavash acudió solo a la morgue e identificó al padre. El 11 de diciembre la esposa de Pouyandeh recibió una llamada de la policía. Le habían encontrado en la carretera de Badamak, a veinticinco kilómetros al oeste de Teherán, estrangulado con un cinturón de cuero.

En realidad, todo había empezado mucho antes y lejos. Bija Fazeli en Londres. El General Oveissi en París. Chitgar en Viena. Gholam Keshavarz en Chipre. Ali Kashefpur en Estambul. Ghassemlou, otra vez Viena. Farrokhzad en Bonn. Y luego Roma, Suresnes, Karachi, Estocolmo, Dubai, Berlín. No había guarida segura. Ni siquiera la plácida Ginebra: Kazem Rajavi buscaba sitio donde aparcar junto al embarcadero de Coppet cuando dos coches le cerraron el paso. Monsieur Y., el primer vecino que se acercó al silencio, le vio chorreando sangre por los doce surtidores que le habían abierto en el pecho. El motor seguía encendido. Al vecino le pareció que el cuerpo "sudaba vapor". La gendarmería suiza suspendió el vuelo de Iran Air. Se especuló sobre la participación de las brigadas europeas de Arafat. Se dijo que el régimen había contratado a Carlos. Se contaba que los agregados diplomáticos y los delegados iraníes del Palais eran en realidad oficiales del Savak.

Pero en esos ocho días de diciembre sólo dos periodistas habían empezado a atar cabos y poner, respetando la más excelsa tradición persa, nombres a los responsables: su Excelencia en Rojo, Su Excelencia en Gris y Llave Maestra.

sábado, 1 de noviembre de 2014

(1) Perdiz esquiva



A Alí Jamenei le gusta la poesía porque su madre le recitaba en un sótano de Mashhad los versos de Hafiz mientras su padre, cada día al caer la tarde, resolvía las vacilaciones de los estudiantes coránicos en el piso de arriba.

A los 11 años Jamenei llevaba ya el turbante negro que identifica a los sayyid, los descendientes directos del profeta, un jubba hasta los tobillos que le impedía patear balones en el patio y unos anteojos gruesos sobre un bozo prematuro, todo lo cual no le hacía muy popular.

Los gazales de Hafiz parecen borradores de un mismo texto, con el consabido depósito de sustantivos y adjetivos de la poesía oriental. Un entrenamiento temprano en gazales, casidas y masnavis asegura grandes ventajas, porque basta con volver a mezclar los ingredientes para obtener un estofado de rancio sabor persa y pedir el ingreso en el Círculo Literario Ferdowsi. Allí conoció a los 16 años a Mohammad Jafar Pouyandeh y a Mohammed Mojtari. Recuerden estos nombres. Eran los años inmediatamente anteriores a la Revolución. El Sha de Persia vigilaba con el mismo celo a clérigos islamistas y a comunistas panarabistas.

vino                 lacerado
gacela              dulce
brisa                esquiva
andar               amargo
perdiz              perfumada
corazón           altivo

Alí Jamenei es también conocido por racionar su sonrisa. Esta habilidad no fue ardid de juventud. Lo dice Houshang Asadi, el comunista iraní con quien compartió 1974 en Komiteh Moshtarak, la cárcel de máxima seguridad donde perfeccionaban su método las famosas hienas del Savak. Años después, cuando el joven clérigo ya dirigía la oración del Viernes en Teherán, lo contó John Limbert, uno de los rehenes americanos a quienes Jamenei visitó para cerciorarse de que los estudiantes revolucionarios honraban la proverbial hospitalidad persa. Lo ha dicho hace cinco años el obispo episcopaliano de Washington John Chane, que se desplazó con la hueste de Neturei Karta y otros adoradores del Libro hasta Irán para hablar del padre común, Abraham avinu, y acabó implorando una mueca del Líder Supremo.

Alí Jamenei, que se hizo niño clérigo en un cuchitril de adobe de Mashhad, contiene la sonrisa como la mano diestra aferra la empuñadura en torno al gaznate de la gacela - que diría un masnavi-, aguardando a que repte hasta él primero el desconcierto y luego el terror. Y como la boa constrictor, sólo afloja los anillos cuando lee en sus ojos la rendición. La presa recibe la sonrisa con profundo alivio. La sonrisa es siempre arbitraria, y en ese antojo está la verdadera fuente de la sumisión.

A Alí Jamenei le gustan los niños porque los niños no dan sombra. En este extravío de la sensibilidad vuelve a parecerse a Stalin, a quien también le gustaba componer odas, escuchar al gramófono a los remeros del Volga y acariciar las mejillas de los huérfanos ucranianos. Y a Ibn Tughluq, el sultán de Delhi, de quien nos llegó una crónica.

Se cuenta que al amanecer el patio de su fortaleza en Delhi sembrado de pasquines injuriosos, y viéndose incapaz de identificar a los conspiradores, Ibn Tughluq decidió cortar por lo sano vaciando la ciudad y trasladando la capital del imperio a Deogir, a cuarenta jornadas de distancia. Dio un plazo de tres días a los habitantes y al alba del cuarto día envió a la breve cohorte de guardias que había conservado consigo a rastrear la ciudadela. Los pretorianos sólo pudieron encontrar a un tullido y un ciego que vagaban sin propósito ni esperanza. Cargaron al tullido en una catapulta y lo lanzaron por sobre las murallas a campo abierto. Obligaron al ciego a abandonar la fortaleza, e Ibn Battuta consigna que lo único que los buitres dejaron de él a veinte leguas por el camino de Deogir fue el fémur izquierdo. Misión cumplida, Ibn Tughluq subió esa noche hasta los tejados de palacio, y desde allí contempló los suburbios oscuros y desiertos de Delhi.

"Ahora, dijo, mi corazón está tranquilo, y mi cólera apaciguada".

A Alí Jamenei le gustaría, como al sultán de Delhi, no morir nunca y que nunca nadie le sobreviviese. Querría escapar a la muerte, para lo que sería muy necesario que nadie pudiera dársela. Por eso raciona su sonrisa con precisión de boticario. Le gustan los niños y la poesía, porque querría que le temiesen pero no desea que le odien. Querría ser solo, pero no se hace a estar solo.