lunes, 21 de abril de 2014

Los niños Pliner (y 2)

 
Evald Mikson, en el centro de la fila inferior

20 de diciembre de 1941. Informe de la Prefectura de Tallin-Harju al jefe de la Policía Política, J. Pinka

Pliner, Jüri, casado con Sofie Pliner, ambos de raza judía. Sus tres hijos son David (n. 1934), Mirjam (n. 1927), Siima (n. 1934). Se desconoce el domicilio de los padres. Los niños viven ahora en la calle Nurme 39-7, distrito de Nõmme. Información: Elisabet Litzenko, Nurme 39-7, Nõmme.

Fdo: R. Pinka. Nõmme

29 de diciembre de 1941. Comunicación de Ervin Viks, jefe de la Policía Política de la Prefectura de Tallinn-Harju, al Hauptscharführer de las SS Dörsam, sobre las medidas a adoptar respecto a los niños Pliner.           

Mit u/Heutigen teilen wir Ihnen mit, dass 3 Kinder des Juden Pilner, Jüri (exekutiert) und seiner Ehefrau Sofie (Befinden unbekannt):

          David geb. 1934
          Siima   "  1934
          Mirjam  "  1927

gegenwärtig sich bei Elisabeth Litzenko, Nõmme, Nurme 39-7, befinden.

Wir bitten Sie um Ihre Stellungnahme in dieser Abgelegenheit.

Fdo.: E. Viks

30 de diciembre de 1941. Comunicación del jefe del Departamento de Información de la Policía Política (Prefectura de Tallin-Harju), Evald Mikson, a la inspección de policía de Nômme

Solicito aclaren la raza y religión de los sospechosos Taavet, Siima and Mirjam Pliner, así como la raza y religión de sus padres.

Fdo.: EM. Tallin

15 de enero de 1942. Respuesta del oficial A. Hane, del Departamento de Policía de Nõmme, a la anterior solicitud.
 
Al ayudante en jefe E. Ott.

Según información procedente de nuestros archivos, los hijos de Jüri Pliner, Taavet, Siima y Mirjam (no Miljan) son judíos de raza y judíos de fe. Sus padres son también judíos y de religión judía.  

Fdo.: A. Hane.

8 de marzo de 1942. Informe del oficial  L. Ranne sobre la familia Pliner

Jüri Pliner y su esposa Sophie son de raza judía, según consta en varios documentos del Ministerio de Interior.

Los niños son de su primer matrimonio, celebrado con fecha 31 de julio de 1923. Pliner se divorció el 31 de enero de 1941 y volvió a contraer matrimonio el 20 de agosto de 1941 con Elisabeth Letnikov, nacida en Polonia y de raza rusa.

Se verifica que los niños son judíos, pero Elisabeth Letnikov no. 

Fdo: L. Ranne

21 de marzo de 1942. Decisión del Sturmbahnführer de las SS Seyler, jefe del Departamento AIV de la Policía de Seguridad alemana en Estonia, sobre los niños Pliner

Die Kinder des Obengenannten mit Namen David, Siima und Mirjam sind zu exekutieren. 
Frau E. Letinkov ist unter Polizei-Aufsicht zu stellen.

Fdo.: Paul Seyler
 
***
 
Ni una sola de las personas que intervinieron en esta correspondencia, salvo tal vez el oficial Pinka en un campo de trabajo soviético, respondió por sus actos después de la guerra. La ruptura de relaciones con la Unión Soviética y un concepto pacato de la jurisdicción universal paralizaron la demanda de extradición de Ervin Viks, que envejecía plácidamente en Australia. La intervención de la justicia finlandesa llegó demasiado tarde para Evald Mikson, el ex cancerbero de la selección estonia, que se entretenía viendo prosperar a sus vástagos en las ligas de fútbol escocesa y alemana. Sandberger, el máximo responsable de todos ellos, fue condenado a muerte en 1948 y era un hombre libre en 1958.

It ain't over till the fat lady sings. Me aferré a esta creencia hasta que con los años descubrí que la dama cantaba para otra compañía y hacía ya tiempo que había entonado su última nota.

***

Los niños Pliner siguen enterrados en alguna parte del bosque de Männiku, seis kilómetros al sur de Tallin. Fuimos, y las únicas muescas de lo que pasó allí eran zonas acordonadas con las minas que fueron sembrando los alemanes, y a la vuelta nos bajamos a hachazos una botella de Vana Tallinn que mi estómago aún no ha digerido.


 

jueves, 17 de abril de 2014

Nota (De Atenas y Jerusalén)

 
De la tradición de estudiar el Libro desde todos los prismas concebibles, y del afán por desmenuzar generación tras generación cada una de las posibles interpretaciones, estas conversaciones de final imprevisible.
 
Todo empieza con un análisis aparentemente simple y literal. Abraham Ha-Ivri. Av, hamon, ivri: padre, multitud, el que cruza al otro lado. Sospecho, lo sospechamos todos, que quien lo escribió simplemente quería decir que para llegar de Ur Kasdim a Harán Abraham tuvo que cruzar el Éufrates. Pero qué habría sido de nosotros si no hubiéramos sido capaces de prescindir de los detalles de la geografía caldea para acabar en una discusión sobre el sentido metafórico del “otro lado”.
 
[Mientras A. y Ch. siguen desenmadejando el hebreo por un camino en el que me pierdo, recuerdo una conversación en que alguien preguntó a qué se debía la sobrerrepresentación judía en las humanidades y las ciencias. Resultó complicado explicar al suspicaz (en cuya cabeza revoloteaban oscuras potencias financieras y mediáticas) que en cualquier campo la superación del paradigma requiere grandes dosis de libertad interpretativa y de imaginación, y que el Talmud es una escuela insuperable donde hacer músculo].
 
Es Ch., el más entrenado en esa escuela, quien estira ivri hasta llegar al culto a la justicia entre los hebreos y los griegos, a las relaciones entre la doctrina social de los profetas y la constitución de los atenienses, al hilo que une a Isaías (“¿No es éste el ayuno que yo escogí: desatar las ligaduras de impiedad, soltar las coyundas del yugo, dejar ir libres a los oprimidos, y romper todo yugo?”) con Solón.
 
Se levanta, busca y lee:
 
“Podría testimoniar de esto en el tribunal del tiempo la gran madre de los dioses olímpicos, la excelente, la Tierra negra, de la cual antaño arranqué los mojones en muchas partes ahincados; ella, que antes era esclava y ahora es libre. A Atenas, nuestra patria fundada por los dioses, devolví muchos hombres que habían sido vendidos, ya justa, ya injustamente, y a otros que se habían exiliado por su apremiante pobreza... A otros, que aquí mismo sufrían humillante esclavitud, temblando ante el semblante de sus amos, les hice libres... []He dado una ley igual al hombre miserable y al pudiente”.

Más tarde se abriría el gran abismo entre la cultura judaica y la helénica. Pero hubo un tiempo en que los grandes líricos de Sión y los poetas trágicos griegos, los profetas judíos y los legisladores griegos, bebieron de una fuente común, se alzaron, frente al resto del mundo, en la otra orilla del Éufrates.

martes, 8 de abril de 2014

Los niños Pliner (1)


Los alumnos de 6º grado de la escuela judía de Tallin.
En la fila inferior, primera a la izquierda, Miriam Pliner. En la fila intermedia, canoso, Samuel Gurin.   


Los niños de Jüri y Sofie Pliner, Miriam, David y Siima, tenían en 1941, respectivamente, 14 y 7 años. Miriam Pliner asistió a la escuela judía de Tallin hasta el año 1940, fecha en que las autoridades de ocupación soviéticas clausuraron todos los centros educativos y religiosos judíos del país y disolvieron las numerosas organizaciones de la comunidad. Es probable que los mellizos David y Siima Pliner estuvieran inscritos en la escuela de párvulos judía. En todo caso, en 1940, año en que deberían haber ingresado en el primer curso de la escuela de la calle Karu, y a lo largo de todo el año 1941, los días se les debieron hacer eternos en el apartamento paterno, en el entonces elegante distrito de Nõmme.
 
***

La situación, obviamente, no haría más que empeorar con la entrada de las tropas nazis en el país, en el verano de 1941. Para toda la comunidad y especialmente para ellos. 
 
Las primeras ejecuciones tuvieron lugar tan pronto traspasó la frontera, siguiendo los pasos de la Wehrmacht, el Sonderkommando 1A, a las órdenes de un hombre del que ya he hablado aquí, el infausto Martin Sandberger (I, II y III). Poco después, Drechsler, el Comisionado General del Reichskommissariat Ostland, dictó la consabida orden restringiendo los movimientos de los judíos en la ciudad y obligándoles a llevar cosida en la espalda y el brazo la estrella de David. Y en los primeros días de septiembre la Policía Política estonia, la estructura paralela organizada por la Gestapo para facilitar la identificación y arresto de los elementos indeseables, se presentó en Nõmme y detuvo a Jüri (Jehuda-Juri Pliner, en los archivos de la comunidad judía de Tallin de 1937).
 
Su acta de ejecución está firmada el 16 de septiembre de 1941. Tenía 43 años. A partir de ese momento, los niños Pliner quedaron a cargo de Elisabet Litzenko, la segunda mujer de su padre.
 
***

Sofie Pliner (Fuks)
 
La pista de Sofie Pliner (nacida Fuks) se había perdido un año antes. Tal vez, como muchos judíos que tuvieron el acertado instinto de temer más la posible invasión nazi que la brutalidad soviética, salvó el pellejo aceptando un traslado a Siberia. Tal vez con ella viajara también la primogénita de los Pliner, Schenny, nacida en 1924.
 
Así salvó también la vida Samuel Gurin, el que fuera director de la escuela judía de Miriam desde 1925 hasta su clausura, que terminaría la guerra ejerciendo de maestro en una escuela rural de Kazajstán. En 1945 regresó al país. A pesar de su pasado menchevique y bundista, los soviéticos (de vuelta en Estonia) le prohibieron ejercer su profesión de historiador. Malvivió unos años más impartiendo clases de lógica y psicología.  

En cualquier caso, quienes no aceptaron la amable propuesta de deportación de Andrei Zhdanov, el comisionado de Stalin en Estonia, bien por razones económicas (probablemente el propio Jüri Pliner, reacio a abandonar su consulta dental en Tallin), bien por razones religiosas (el rabino Aba Gomer, que se negó a evacuar el país mientras quedara allí un solo miembro de la comunidad), o simplemente por minimizar el riesgo de invasión de las fuerzas alemanas (Haim Ratut, el hojalatero), no tuvieron mucho tiempo de arrepentirse de su decisión.
 
 
Pasaporte familiar utilizado por los Gurin de camino hacia la Unión Soviética
 
***
 
Esto es lo que llevaban los niños Pliner en sus dos maletas de cartón (una marrón, una beige), según consta en la última entrada del expediente:
 
12 pares de calcetines
9  faldas de varios colores
5 pares de guantes blancos
1 abrigo de invierno azul oscuro
1 bufanda de piel gris

Tan valiosa propiedad fue requisada por la autoridad estonia y diligentemente transferida a la alemana.

viernes, 4 de abril de 2014

Limpiarse el sudor y ver

 
 
Resulta difícil hablar, hasta con los más desprejuiciados, de las décadas más sangrientas de las Grandes Praderas, los años cincuenta a setenta del siglo XIX. Los humanos tendemos a leer en los hechos pasados de modo que el trayecto que conduce hacia un futuro que suponemos deseable se nos aparezca tan claro como un cadena de ADN. Nos tranquiliza poder decir: de aquellos polvos estos lodos, de aquella profecía esta utopía. Por desgracia para los especialistas y los espíritus mesiánicos, la historia rara vez es una revelación. Para zozobra de los progresistas más burdos, ni siquiera es una narración que mostrará siempre el perfil más favorecedor de los vencedores. Ars brevis et vita longa, y las tornas pueden cambiar en pocos años, a veces hasta presentar a los vencidos como ejemplos heroicos de lo que nunca fueron.
 
Por eso le cuenta a G., que a veces mira sin entender, que no siente más predilección por Roman Nose, el gran jefe cheyenne, que por William Philo (fatalidad semántica) Clark, el teniente del Segundo de Caballería que logró encontrar la paz y el tiempo necesarios entre la batalla de Little Big Horn y la batalla de Slim Buttes para escribir el gran tratado sobre la lengua de signos que utilizaban las tribus de las Praderas para comunicarse. Y que le aburren los debates del Plains Anthropologist sobre si la matanza de los colonos Hungate en Denver provocó la masacre de Sand Creek, si aquélla simplemente sirvió de justificación posterior a ésta, o si la brutal reacción de la alianza de sioux y cheyennes que venció en Little Big Horn tuvo su causa en el justo deseo de venganza de las mutilaciones y las impúdicas exhibiciones que los vencedores de Sand Creek hicieron de los cadáveres indios.
 
No es eso lo que le interesa, sino el polvo que levantaban en su migración anual las grandes manadas de bisontes entre los Grandes Lagos, el curso del Missouri, el Río Grande y la falda de las Rocosas hacia las Colinas Negras, y lo que dos parias como Roman Nose o Nathan Hungate pensarían al limpiarse el sudor para verlas.       
 
 
Jefe cheyenne. Foto: Edward S. Curtis
   

lunes, 24 de marzo de 2014

La luna sobre Qassium

Foto: Ansel Adams

No veía Hernández, sino algún suburbio de Damasco, el escenario más revisitado por sus sueños. Hacía cuatro días que tenía la copia de la fotografía de Adams en la mesilla. No se decidía a enmarcarla. Diez páginas de novela y estiraba la mano hasta extenderla entre las páginas. En el horizonte, no el monte Truchas, Tierra Amarilla, condado de Río Arriba, sino las sombras que arrojaba la luna creciente sobre la silueta del Qassium. Diez páginas más. La luna sobre Berzi, la luna de aquella noche convertida en metáfora de todas las lunas. La examinaba de nuevo como examina el cielo un piloto, en un barrido por zonas para asegurarse de que no pasa nada por alto. Y volvía a colocarla sobre la mesilla, cuidadosamente apoyada en ángulo sobre la pared. Diez páginas más. No recordaba en qué momento de la aburrida novela australiana se había dormido.

Y cómo no, soñó con Hernández-Damasco, y leones como los pintados por Gérôme durmiendo enrollados en las cañadas de Tierra Amarilla-Berzi, y saurios erguidos sobre sus patas traseras que trajinan por los caminos de tierra que conducen hacia el Truchas-Qassium, y una lluvia fina que va calando las matas del pedregal donde hay ¿un depósito de agua? ¿una planta depuradora? que debe servirle de refugio. Y entonces el teléfono.

El sonido le hace incorporarse bruscamente y la novela, que durante el sueño se ha ido desplazando hacia el borde de la cama, cae al suelo. Todavía tiene el instinto de mirar si la fotografía sigue a salvo en la mesilla. Dando tumbos llega hasta el teléfono y oye la voz. Pero la voz no responde.

jueves, 20 de marzo de 2014

She weeps over Rahoon



Quien haya leído Dublineses recordará tal vez a Gabriel Conroy devorado por los celos del primer amor de su mujer en el párrafo final de "Los Muertos", mientras Gretta duerme en la cama cercana y la nieve cae sobre la tumba de Michael Furey.
 
John Houston incluyó una versión muy alterada del párrafo en los minutos finales de "Los muertos".
 
La verdadera Gretta, Nora Barnacle, tuvo un amor anterior a Joyce (quien apenas se molestó en cambiar su verdadero nombre: Michael Feeney) muerto, como Furey, muy joven, y enterrado, como Furey, en el cementerio de Rahoon, a las entonces afueras de Galway. No está claro que Nora correspondiera a aquel amor, pero sí que sobrellevó un insuperable sentimiento de culpa por su muerte.
 
Joyce acudió solo a Rahoon. Lo que debió de pensar frente a la sepultura de Furey-Feeney está quizá reflejado en ese párrafo último de “Los muertos”, que, sin embargo, no deja entrever sus propias fantasías sobre lo que podría sentir Gretta-Nora. Esa fantasía, el verdadero origen de su tortura, aparece de forma más explícita en un poema escrito en Trieste en 1913, un año antes de que escribiera el cuento: She weeps over Rahoon.
 
Las dos traducciones de que tengo noticia, la versión de José Antonio Álvarez Amorós (JJ, Poesía completa, Visor, 2007) y la anterior de José María Martín Triana (JJ, Poemas manzanas, Visor, 1970) son mejorables. Les propongo otra, en la esperanza de haber captado algo de esa “danza del intelecto entre las palabras” de que hablaba Pound, que en este caso tiene mucho que ver con la capacidad para resolver el juego de verbos, sustantivos y adverbios del original (falls softly, softly falling / Sad ... calls me, sadly calling), y para salir airoso de las difíciles grey moonrise y moongrey nettles 

Llora sobre Rahoon

Cae la lluvia callada sobre Rahoon, calladamente cae
Sobre la tierra en que mi oscuro amado yace.
Triste me llama su voz, tristemente llama
cuando se alza en lo gris la luna.

Escucha, amor,
qué callada, qué triste su voz por siempre llama
por siempre sin respuesta, escucha la lluvia oscura
que caía entonces como cae ahora.

Oscuros también, amor, yacerán nuestros corazones, fríos
como yace su triste corazón
bajo las ortigas grises de luna, el musgo negro
y la lluvia que murmura.

En correspondencia con esta versión de She weeps over Rahoon, les propongo también esta otra traducción del párrafo citado al principio. Juega con parecidas repeticiones (falling softly, softly falling/ falling faintly, faintly falling) y también reaparece aquí, ahora en forma de monólogo interior, el hombre de la tercera estrofa, un Conroy herido de muerte por un pasado que no puede cambiar.

“Sí; los periódicos estaban en lo cierto. Nevaba sobre toda Irlanda. La nieve caía sobre la oscura llanura central, sobre las colinas despobladas, caía callada sobre el mégano de Allen y, más al oeste, callada sobre las revueltas y oscuras aguas del Shannon. Caía también sobre cada rincón del solitario cementerio de la colina en que yacía Michael Furey. Se acumulaba espesa en las cruces y losas encorvadas, en las rejas de la cancela, sobre los espinos sin vida. Su alma se desvanecía lentamente mientras oía la nieve caer lánguidamente sobre el universo y lánguida, como en el descenso hacia su último fin, caer sobre todos los vivos y sobre los muertos”.

Sólo había pasado un año, pero el pasaje en prosa es infinitamente superior al poema. Lo que ya es mucho decir.

viernes, 14 de marzo de 2014

Especies en extinción



 
Querido Y.:

Me reconozco en tus dudas. Si te sirve de consuelo, de ellas no se libra ningún judío pasado por la haskalá; que somos, salvando quizá algunas comunidades jasídicas que han logrado mantenerse milagrosamente al margen del mundo gentil y moderno, todos. Esas dudas se acrecientan si procedes de una familia laica que tenía por referencia las fuentes de las que bebió hasta hace cuarenta años la izquierda. Y no me refiero sólo a Marx, que obviamente era el mayor de los evangelistas. En casa de mis padres el nombre de Darwin era sagrado, y el retrato que colgaba de él en la sala lo conservo yo hoy en la mía. Lo primero que mi padre me llevó a visitar en Roma fue el Jardín de los Naranjos. Pero lo segundo, con semblante mucho más serio y aleccionador, fue la estatua de Bruno en Campo dei Fiori.
 
Todas mis dudas, que con el tiempo formaron un bloque cada vez más compacto que pensé nunca podría ni siquiera agrietar, se despejaron en una serie de encuentros con la persona más inteligente que he conocido nunca, A.G. Era un rabino reformista (aunque él afirmaba, con socarronería, que en realidad era un ortodoxo moderno, término que se negaba a reservar a quienes se limitan a esconder los tzitzit en los pantalones). Presidía entonces la mayor comunidad reformista europea y era rabino de la sinagoga de N., a las afueras de Londres. Conocía, desde luego, el Talmaj como la palma de su mano. Había recibido su formación en una de las escuelas rabínicas más prestigiosas del mundo, el Leo Baeck College, en el que hoy enseñan algunos de sus discípulos.
 
Mi primera conversación con él no tuvo nada que ver con el asunto que en teoría nos ocupaba. A. se había licenciado en biología y zoología y teníamos una afición común. Conocía especies extintas que yo nunca había oído mencionar. Fue él quien me habló por primera vez del asno sirio, de la ballena de Kutch y del General Sherman. Cerramos un largo paseo por Barcelona sin ni siquiera haber mencionado el Talmud. 
 
Pasaron seis meses, y en un viaje de vuelta con escala obligada en Londres le llamé desde el aeropuerto. Sí, tenía tiempo, podíamos vernos. Cancelé sobre la marcha el vuelo que tenía programado esa tarde y me acerqué a N. Después de darle cumplida cuenta de mis averiguaciones sobre el asno salvaje de Mesopotamia, me preguntó: ¿Cómo van esas dudas? Creo, le dije, que podría resolverlas de un plumazo si aclarásemos lo del sacrificio de Isaac y lo del plural de Elohim. Porque claro, yo tenía una relación mucho más cordial con los dioses griegos y romanos. Bereshit bará Elohim et hashamayim ve'et ha'arets, etc. recitó. Ésa es fácil. Es sólo una trampa del hebreo antiguo. Es plural porque habla de las potencias reunidas. Discutamos antes lo más complicado: ¿Debemos actuar contra nuestros principios si Elohim nos lo pide? Le miré: eso, eso es. La respuesta es, dijo, rotundamente no; y eso es precisamente lo que nos dice la Torá a través de la metáfora. ¿De quién es la voz última que detiene a Abraham?
 
A. está mayor. Ha cumplido ya los ochenta. Es otra especie en extinción. No dejes de ir a verle.

Jag Purim Sameaj,
L. A.